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日志


2009/10/4

āłđēвāяáи

Abro los ojos.

Nostalgia y desconcierto se entremezclan en mi mente, creando una extraña sensación que me impide pronunciar palabra alguna. No importa. Nada que pueda decir en este momento podría tener significado. No sé cuánto tiempo llevo aquí, pero por el rojo infinito ante mis ojos supongo que es el atardecer de algún día cuyo nombre o número desconozco. El mar de septiembre baña mis pies y me susurra al oído palabras que no comprendo, ni comprenderé jamás, pero que me tranquilizan y despiertan del aturdimiento. Me incorporo para sonreírle, como siempre hago, y la brisa me arrebata la arena que una desgarbada camisa ha podido retener durante la inconsciencia.

Sólo una vez había escuchado tanto silencio. Y entonces no había razón para que me importase, pero ahora un extraño sentimiento entre felicidad y angustia me impiden razonar con claridad el por qué de mi presencia en este lugar, en este momento. Nada brilla ahora en el cielo, ni siquiera el sol, casi imperceptible ya en el horizonte. Supongo que así es como debe ser. Al menos no es muy diferente a como ha sido en todas las noches de los últimos meses que recuerdo. A decir verdad, ni siquiera estoy seguro de que quedara estrella alguna desde que Aldebarán se apagó.

Aldebarán... Aquella a quien durante tiempo llamé Antares y por quien tantas noches aullé a la luna. Jamás acepté la distancia, material o no, que nos separaba y aún menos el hecho de que llevara tanto tiempo apagada. De no haber sido por aquella pequeña estrella, que tan cálidamente brillaba, quizás aún hoy pensaría que Aldebarán sigue brillando y la aparición de la verdadera Antares hubiese pasado totalmente desapercibida. Ahora lo sé, pero entonces jamás hubiese imaginado que el daño provocado hubiese sido tan grande, tanto que ni el paso de los años, ni el brillo de tantas otras estrellas, hayan podido extinguirlo.

Después de Antares y de Altarf, después de Librae y de Ascella, después de la propia Aldebarán, Alrisha ha sido la última en apagarse, la única que me ha acompañado durante todo el camino y la única a la que no me hubiese importado no alcanzar jamás. Aquella a la que nunca logré conocer, a la que siempre pregunté quién era y de la que no obtuve respuesta. Aquella que, sin pedírselo o siquiera desearlo, iluminaba un camino que ahora vuelve a ser oscuridad. Un camino que el chacal no tenía inconveniente en recorrer, pero que el león se tendrá que resignar a recorrer. No puede ser tan duro. La oscuridad no puede doler tanto como duele la luz. Especialmente, cuando la luz proviene no del sol, sino de las estrellas que ahora ya no dibujan mi cielo. Su añoranza será sólo una reprimenda por los pecados cometidos. El verdadero castigo será saber que aún a pesar de Alrisha, el dolor lo causa y lo causará siempre Aldebarán. ¿Cuántas otras estrellas tendré que descubrir y dejar apagar por el recuerdo de una ilusión que jamás pasó de pura idealización, de simple amor platónico? Ninguna, por supuesto. Dejaré que la razón guíe mis pasos una última vez y buscaré mi destino allí donde nadie pueda encontrarme.

Éstas son, pues, las últimas palabras de Anubis, primero lobo, luego chacal y ahora león, sentenciado a caminar por la oscuridad en busca del perdón de las estrellas que dejó apagar.

Cierro los ojos. Al fin.

2008/11/16

яēcłūsīøи тяāиsмīssīøи

De: liberation.transmission@free-europe.net#id=151108
Para: <undefined> (envíado a todos los destinatarios)

Jamás la realidad había provocado semejante devastación. Nada, ni nadie, queda ahora en pie. Mi verdad, que no la realidad, se ha visto modificada por la sacudida hasta el punto de haber sido erradicada por completo. Sigo sin saber quién eres.

Punto y aparte. Fin de la transmisión.


2007/5/3

тнē fāłł øf āитāяēs

Cuando todo acabó, Anubis fue condecorado con la medalla de la perseverancia y la soledad. No sabía si la merecía, pero sin duda la deseaba. Al fin y al cabo, aquellas eran sus mayores virtudes. Cuando la condecoración estuvo colgando de su pecho, entonces comprendió que aquello era todo por lo que había luchado. Había creído que Antares, su Antares, era la herida que le recordaba el dolor por el que creía buscar venganza. Pero Antares, la verdadera Antares, jamás le había interesado. Y Aldebarán... Bueno, de Aldebarán, aquella que siempre creyó su Antares, jamás volvió a saber. De poco servía escrutar el cielo día y noche, noche y día. Su luz se había apagado y nunca, jamás, volvería a sentir su calor. Quizás llevaba apagada mucho más tiempo de lo que él creía, pero nunca lo había aceptado. Ahora posaba firme, mostrando con orgullo la insignia con forma de corazón en su pecho. Y en frente, justo ante sus ojos, un nuevo y hermoso horizonte que no tenía prisa por descubrir. El tiempo, ahora, era lo que menos le importaba.


2007/3/18

đīē łīκē ā jācκāł

—Es la hora.

La voz de megafonía lo inquietaba. Más que eso, le molestaba. Ya no solo por el hecho de que lo despertara veinte minutos después de que hubiese podido coinciliar el sueño, sino porque su tono le resultaba familiar. Quizás porque sonaba tan estropeada como los musculos de su entumecido cuerpo. Estaba exhausto. Cansado no solo fisícamente, sino cansado de todo. De la rutina, de la noche, de la muerte. Supuso que era algo normal en la vida de un asesino. Jericó se levantó. Sus pesadas botas negras golpearon el suelo con un horrible estruendo para verse pronto cubiertas por el largo abrigo negro. Pelo corto y oscuro, tal como exigía aquél que jamás se dejó ver. Se sentía confuso, desorientado. No recordaba nada de lo que había hecho después de salir y antes de volver a entrar en su pequeño habitáculo, que bien pasaría por una celda. No le importaba. Se dirigió a la pequeña ventanilla, donde aquella diminuta mano, perteneciente a una figura sin rostro, le proporcionaría el papel con las órdenes. Y así fue. Nunca nada era diferente. Un pequeño sobre, con un disco de datos y una cuartilla doblada en su interior. Papel reciclado.

SUJETO: <undefined>
MOTIVO: Incumplimiento de la ley LV300605.

El mismo motivo. Seguramente el sujeto no aparecía en las órdenes por motivos de seguridad. Jericó volvió a su pequeño habitáculo, se implantó la conexión neuronal e introdujo el disco de datos en su monitor personal. Bueno, así lo llamaban, pero él sabía que de personal no tenía nada, ya que todos sus movimientos estaban monitorizados y controlados por los ayudantes de aquél que jamás se dejó ver. El monitor zumbó. Nunca se acostumbraría a aquel dolor infernal. Miles de imágenes recorrieron la conexión neuronal para acabar implantándose en la memoria a largo plazo de Jericó. Una cara se repetía en todas ellas. Anubis. Un pequeño cursor parpadeaba en el monitor. La encriptación debía ser compleja, pues dos segundos era un tiempo de carga excesivo. Al parecer, el disco de datos contenía un mensaje cifrado, perteneciente a una dirección sospechosa, que había sido interceptado unos minutos antes.

DE: liberation.transmission@free-europe.net#id=300605
PARA: error.fatali@lastdaysofjune.net
ASUNTO: Error
ADJUNTO: pain.lnk
MENSAJE: Tú, el señor de los muertos. El gran chacal. Arrastrarás contigo las consecuencias de tu error hasta que Aldebarán deje de brillar.

De nuevo esa dirección. Nadie había logrado encontrar nunca a su propietario. La dirección física cambiaba de coordenadas con cada envío y no había indicios de una redirección virtual. El dominio ni siquiera aparecía como registrado. La dirección del destinatario también era la misma. Anubis. El archivo adjunto era un acceso directo hacia ninguna parte. El mensaje no decía nada a Jericó, era tan ópaco como la placa que cubría la ciudad. No había nada en aquellos datos que pudiese llamarle la atención. Bueno, casi nada. El número de identificación permanente no había sido registrado en ningún envío en toda la historia de la Globalización y, sin embargo, se repetía día tras día. Curiosamente, coincidía con el número de identificación de la ley que el sujeto había quebrantado. Trató de recordar qué decía aquella ley. Ah, sí. Era una ley inmediatamente posterior a la Reclusión. Pero qué más daba. Poco le importaban a él los motivos. No era su problema, sino el de ellos. Él simplemente se dedicaba a impartir los castigos. Y el único castigo existente entonces era la muerte. Cogió su arma y salió de la oscuridad del cuartel para caer en la penumbra de las calles. La placa no dejaba pasar el sol. Sabía dónde encontrar a Anubis. Sabía lo que haría cuando lo tuviera frente a él. Sabía que Anubis moriría. Y sabía lo que éste diría segundos antes de morir.

—Muero cada día por un error que jamás debería haber cometido. Amar y no ser correspondido.


2007/2/17

тнē тяūтн āвøūт āитāяēs

Ahora todo encaja. Quién iba a decir que una cosa tan insignificante fuese la pieza de la que dependía todo el resto de piezas del rompecabezas. Un rompecabezas que explica mi obsesión por Antares. Yo, que nunca creí en dioses, he encontrado la verdad en un ídolo. Estaba ahí, ante mis ojos. Simplemente, estaba buscando en el lugar incorrecto. ¿Confundí quizás Aldebarán con Antares? Seguramente, pues ambas son bellas, muy bellas. Quizás las dos estrellas más bellas que he visto jamás. ¿Lloraba entonces Anubis por Aldebarán? ¿O lo hacía por Antares? La herida era fruto de Antares, de eso no cabe duda, pero Anubis buscaba respuestas en Aldebarán. Y quizás llegó a amarla más de lo que jamás ha amado a Antares. Pero Aldebarán se consume más y más, con el tiempo, y pocas esperanzas guarda el chacal de volver a ver su luz, de sentir su calor. Y, aún así, la seguirá amando por siempre jamás. Más o menos de lo que pueda amar a Antares, pero la seguirá amando. El problema es que para él Aldebarán nunca dejará de ser Antares.


2006/11/12

łīвēяāтīøи тяāиsмīssīøи

De: liberation.transmission@free-europe.net#id=111106
Para: <undefined> (envíado a todos los destinatarios)

No sé quién eres. No sé a qué te dedicas. No sé de dónde eres. No sé nada de ti, pero me has abierto los ojos. No has influido en mi ideología, ni quizás tampoco en mis hábitos o gustos, pero sí lo has hecho a un nivel más profundo. Me has hecho tomar una importante determinación. Importante, al menos, para mí. Quizás no vuelva a saber de ti, quizás éste era el único encuentro que el destino planeaba para nosotros. Quizás no. No importa. De una forma u otra, intervengas en él o no, tú ya has marcado mi futuro. Y quizás jamás llegarás a darte cuenta de ello. No sé quién eres.

Punto y aparte. Fin de la transmisión.


2006/7/4

ēł sūęñø đē āиūbīs

En una de sus múltiples citas con la luna, Anubis se sumió en un profundo sueño, provocado por el letargo que poco a poco había nacido en su interior y que el oscuro manto de estrellas a su alrededor potenciaba. Y miles de historias e imágenes asaltaron sus sueños, pero de entre todas ellas, se quedó con esta:

Las puertas de Zuben Elschemali se abrieron aun sin el pleno consentimiento del Consejo. Serpens, Lupus y Oficuo fueron los primeros en levantarse para rendir tributo a Ares. Grande fue su sorpresa cuando vieron entrar las insignas de la Zuben. Oficuo se estremeció, pues aquello significaba que Ophiuchus había caído también. Entró primero Escorpio, con el cuerpo de su esposa en alza, y a esté le siguió Leo. Entraron después las tropas y se procedió al arresto de los traidores. Trató Ofiuco de huir, pero le fue en vano. Y llegó entonces Antares, acompañada de Regulus y Denebola, y las tropas les abrieron el paso. "Alfa Scorpio", vociferaba el gentío. Y se arrodilló Leo a sus pies, y lo mismo hizo Escorpio.

—Alfa Scorpio —dijo el viudo rey.

—Así me llaman. Y también Kalb al-Krab. Y ahora también Antares, pues ya cayó el traidor y mancha su sangre mis prendas. Y como Antares exijo se encadene al infame Oficuo y se le castigue con el mismo sufrimiento que la gente de la Zuben ha cargado sobre sus espaldas. Que los gusanos de nombre Lupus y Serpens tengan su mismo destino. Y que los nombres de Regulus y Denebola sean respetados. Que se recuerde la caída del traidor Ares con ellos, que los hijos de Ophiuchus los teman, que sean lo último que escuche el detestable Ofiuco antes de morir. Ellos, como pocos, han obrado con lealtad y han sido dignos de confianza. No demandaré vuestro trono, Escorpio. Regulus o Denebola tampoco exigirán el vuestro, Leo. Mas nos creemos con el derecho de ser dueños de lo que legítimamente nos pertenece. De nuestra libertad.

Abandonó entonces Antares Zuben Elschemali y jamás se volvió a saber de ella.

Acabó entonces el sueño y el chacal no pudo más que murmurar, entre llantos, una frase:

—Y créeme, Antares, que es esa libertad tuya lo que alegra mi alma. Pero será también la causa de mi no muy lejana muerte.


2006/4/23

cħācāł

Como llegó hasta allí nadie lo sabe, mas subió el chacal al afilado pico de la colina y buscó en el cielo aquella garra que tanto tiempo atrás lo había herido. Profunda fue la herida, pues aún cuando había desaparecido el dolor seguía torturándolo en el interior. Pasaban los años y, por más que tratara de sanarla, el dolor perduraba. Por más que sufriera, ningún sufrimiento era comparable al de su correosa fragilidad. Y ahora se encontraba allí, de nuevo, en el mismo sitio donde tan afilada extremidad había atravesado su corazón, sintiéndose más un lobo que un chacal. Y aulló, pero no a la luna, sino al corazón del escorpión cuya garra odiaba. A aquella estrella lejana y ardiente.

Anubis había dejado de matar para llorar por Antares.


2006/4/8

āитāяēs

Abro los ojos.

—¿Antares...?

No. Es el sol, que brilla en lo alto. He estado a punto de ahogarme... Otra vez. Ni siquiera he llegado a la orilla esta vez. Floto, pero prefiero no incorporarme. Permanezco en posición horizontal flotando sobre el espeso manto de agua, tranquilo, relajado, sin pensar, con la vista puesta en el cielo. Jamás había escuchado tanto silencio. Jamás me había importado tan poco escuchar tanto silencio.

Yo, el mar y la lejana Antares. Solos.